El Crítico Artista (O. Wilde)

ERNEST.- No me mal interprete, querido amigo; pero creo que se deja usted llevar demasiado por su pasión hacia la crítica. Ya que, después de todo, debe admitir que es mucho más difícil hacer algo que luego hablar de ello.

GILBERT.- ¿Más difícil hacer algo que hablar de ello? ¡Todo lo contrario! Incurre usted en un grave error. Es infinitamente más difícil hablar de una cosa que hacerla. Es más, la vida moderna es un claro reflejo de esto que le digo: cualquiera puede hacer historia. En cambio, sólo un gran hombre puede escribirla...

lunes, 4 de enero de 2010

Reflexión sobre Borges


Borges y yo

Jorge Luis Borges


Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me puede salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndolo todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de liberarme de él y pasé de las mitologías de arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

De El hacedor, Buenos Aires, Emecé, 1960.





Sólo Yo


Mateo Etchegoyhen

Últimamente no estoy siendo bueno conmigo mismo. Estoy tratando de entenderme, para luego -con empeño y humildad- llegar a comprenderme. Sin saber si esto me va a servir de alguna forma. Mi ciudad se transforma a medida que la recorro, pero siempre vuelve en sí. Los días se hacen monótonos sin un tinto que me acompañe, lo utilizo como herramienta para ver a la gente con simpatía y sin temor. Necesito de la sonrisa femenina, me nutro equívocamente del rencor del prójimo y de alguna que otra escapada al cine, esperando ver “la” próxima obra. Disfruto de una buena melodía que me encandile por un rato y me haga olvidar de los fantasmas, estoy aprendiendo a elegir la lectura y con la ayuda de la Luna es que Quiroga me basta, eso sí, me acostumbraré a que no me sea suficiente. Aunque lo escuche, el otro ya no me interesa; lo necesito calmo y por esto mi nueva actitud, lo siento por él y los demás que tan bien les hacía. Quiero creer que esto recién empieza, por eso tengo que olvidarlo y promulgar esta nueva religión que promueve el esfuerzo y la constancia, así como la dedicación. Mis gestos denotan preocupación, cuando éstos en realidad no son de mi propiedad y el público no lo requiere; es con esto que me percato de mi soledad y de lo que ésta precisa para ser mi verdadera medicina, la que necesito. Ella no es simple de ubicar pero sé que la mezcla es posible, por esto debo no perder control de mí y seguir la corriente, actitud que traiciona mis ideales, pero así esta la cosa y vamos a tener que ver cómo genero el cambio en una masa que no perdona y a la vez fluctúa-
....debido a esto creo que hay espacio para la celebración.

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